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La
evolución de la salud de la población de un
país se suele seguir utilizando dos indicadores estadísticos:
la esperanza de vida al nacer y la mortalidad de niños
menores de 5 años. Con frecuencia se dice que estos
indicadores miden, en términos generales, la calidad
de vida de una población, porque reflejan, indirectamente,
muchos aspectos del bienestar de la gente, como el nivel
de ingreso y nutrición, la calidad del medio ambiente
en que vive y el acceso a la atención de la salud,
el agua potable y el saneamiento.
La esperanza
de vida al nacer indica el número de años
que un bebé recién nacido viviría si
las condiciones sanitarias prevalecientes en el momento
de su nacimiento permanecieran iguales durante toda su vida.
Este indicador no señala cuántos años
va a vivir un bebé sino cuánto tiempo tiene
probabilidad de vivir un bebé nacido en un año
determinado. La tasa de mortalidad de niños menores
de 5 años indica el número de niños,
de cada 1.000 nacidos vivos, que tienen probabilidad de
morir antes de llegar a los 5 años.
Como los niños son más vulnerables a la malnutrición
y a las malas condiciones de higiene, entre ellos se registra
la proporción más grande de defunciones en
la mayoría de los países en desarrollo. Por
lo tanto, en el mundo en desarrollo, reducir la mortalidad
de menores de 5 años es la forma más efectiva
de aumentar la esperanza de vida al nacer.
Las
condiciones de salud en el mundo entero mejoraron más
en la segunda mitad del siglo XX que en toda la historia
del hombre. La esperanza media de vida al nacer pasó,
en los países
de ingreso bajo e ingreso
mediano, de 40 años en 1950 a 65 años
en 1996. En el mismo período y en el mismo grupo
de países, la tasa media de mortalidad de niños
menores de 5 años descendió de 280 a 80 por
1.000. Pero estos logros están todavía muy
lejos de los obtenidos por los países
de ingreso alto, donde la esperanza media de vida al
nacer es de 77 años y la tasa media de mortalidad
de niños menores de 5 años es de 7 por 1.000.
A lo largo del siglo XX, los indicadores nacionales de la
esperanza de vida han estado íntimamente relacionados
con el PNB per cápita.
Si comparamos el Gráfico 8.1
(Esperanza de vida al nacer, 1995) con el Gráfico
2.1 (PNB per cápita, 1995), veremos que, en general,
cuanto más alto es el ingreso per cápita de
un país, mayor es la esperanza de vida, si bien esta
relación no explica todas las diferencias entre regiones
y países. (Véase la información por
país en los Cuadros de datos
1 y 2). Los otros dos factores que se consideran de
gran importancia para aumentar la esperanza de vida nacional
y regional son los avances en la tecnología médica
(que algunos países aprovechan mejor que otros) y
el mejoramiento de los servicios de salud pública
y el acceso a ellos (en especial, el abastecimiento de agua
potable, el saneamiento y la bromatología). La educación,
particularmente de niñas y mujeres, trae aparejados
grandes beneficios, porque las esposas y las madres que
conocen las ventajas de los estilos de vida sanos son de
vital importancia para reducir los riesgos que amenazan
la salud de las familias.
Estos
otros factores ayudan a explicar el hecho de que la mayor
parte de los países
en desarrollo se están poniendo a la altura de
los países
desarrollados en cuanto al estado de salud de la población,
a pesar de que les van a la zaga en el ingreso per cápita
(véase el Capítulo
4). El progreso de la tecnología médica,
los servicios de salud pública y la educación
permite ahora a los países traducir un determinado
ingreso per cápita en "más salud" que antes.
Por ejemplo, en 1900 la esperanza de vida en los Estados
Unidos era aproximadamente de 49 años y el ingreso
per cápita superaba los $4.000. Actualmente, en África
al sur del Sahara la esperanza de vida es de más
de 50 años, aun cuando el PNB es inferior a los $500.
En términos generales, en casi todos los países
la esperanza de vida al nacer continuó mejorando
en los últimos años (véase el Cuadro
de datos 2). En los países en desarrollo, ello
obedeció, en gran medida, a la marcada reducción
de la mortalidad de niños menores de 5 años
(Gráfico 8.2), gracias a una
lucha más decidida contra las enfermedades transmisibles
particularmente peligrosas para los niños, como la
diarrea y las helmintiasis. En muchos países, el
incremento del ingreso per cápita (véanse
el Capítulo 4 y el Cuadro
de datos 1) también contribuyó a que la
mayoría de las familias pudiera acceder a una nutrición
y unas viviendas de mejor calidad.
Los
gobiernos de los países en desarrollo han realizado
inversiones para mejorar las medidas de salud pública
(relativas al agua potable, el saneamiento y las campañas
de vacunación, por ejemplo), la capacitación
del personal médico, la construcción de dispensarios
y hospitales, y la prestación de atención
médica. No obstante, es mucho lo que queda por hacer.
La malnutrición, en especial de mujeres y niños,
sigue siendo un problema grave, y las enfermedades transmisibles,
en gran parte evitables, aún cobran millones de vidas.
Por ejemplo, la tasa de inmunización contra el sarampión
en todo el mundo es, como promedio, de sólo el 80%,
y por año mueren más de un millón de
niños, víctimas de esta enfermedad, muchos
de ellos en África al sur del Sahara, donde la tasa
de inmunización contra el sarampión es la
más baja: alrededor del 60%. Casi 2 millones de personas
mueren todos los años a causa del paludismo o de
enfermedades relacionadas con él, en su mayoría
en los países de ingreso bajo; sólo en África,
el SIDA se cobra más de 2 millones de vidas al año.
La
salud y la longevidad de los habitantes de un país
se reflejan en la estructura de su población por
edades, es decir, los porcentajes de los diferentes grupos
de edad en la población del país. Dicha estructura
también se puede presentar en una pirámide
de población, o pirámide por edad y sexo.
En ella la población de un país se divide
en varones y mujeres, y en grupos de edades (por ejemplo,
grupos de cinco años, como en el Gráfico
8.3). En el Gráfico 8.3
se observan pirámides de población típicas
de países de ingreso bajo e ingreso alto en 1995,
y su proyección para 2025. La forma de las pirámides
correspondientes a los países de ingreso bajo indica
tasas de natalidad
más altas, tasas
de mortalidad más elevadas también (particularmente
entre los niños) y menor esperanza de vida. Pensemos
por qué en los países pobres la pirámide
tiene base más ancha y es casi triangular, mientras
que en los países ricos tiene forma rectangular o
de pera. Expliquemos también las variaciones previstas
en ambas pirámides para el año 2025.
Como
se observa en el Gráfico 8.3,
en los países de ingreso bajo más de un tercio
de la población tiene menos de 15 años, frente
a menos de un quinto en los países de ingreso alto.
Desde una perspectiva demográfica, ello implica que
los grupos que lleguen a la edad reproductiva van a ser
más numerosos y el aumento en el número de
padres superarÁa la disminución en el promedio
de hijos por familia. Debido a este fenómeno, conocido
como momento de la población, las tasas de natalidad
se mantendrán altas, aun cuando la fecundidad disminuya
(véase el Capítulo
3). Desde una perspectiva Sociales y económica,
un porcentaje elevado de niños en una población
indica que hay una proporción importante que es demasiado
joven para trabajar y depende de los que trabajan. Ésta
es la principal razón por la cual la proporción
de personas a cargo es relativamente alta en la mayoría
de los países en desarrollo. Mientras que en los
países de ingreso alto hay alrededor de dos personas
en edad de trabajar para mantener a cada persona que es
demasiado joven o demasiado vieja para hacerlo, en los países
de ingreso bajo esa relación es de aproximadamente
1,0-1,5.
En
la actualidad, los países de ingreso alto enfrentan
el problema del envejecimiento de la población, es
decir, un porcentaje creciente de personas ancianas que
no trabajan. En 1996, las personas de 60 años y más
constituían el 18% de la población de esos
países; según se prevé, este porcentaje
llegarÁa casi el 22% en el año 2010. En varias
naciones (Alemania, Bélgica, Grecia, Italia, Japón
y Suecia), la proporción de ancianos ya ha alcanzado
o superado el 21%. Una población que envejece impone
una carga más pesada a los sistemas de jubilación,
atención de la salud y seguridad Sociales de un país.
A
medida que la esperanza de vida en los países en
desarrollo vaya mejorando, éstos también enfrentarán
el problema del envejecimiento de la población (Gráfico
8.3), que los afectarÁmás que a los países
desarrollados porque tienen menos recursos financieros;
el aumento de la esperanza de vida y, por consiguiente,
el envejecimiento de la población son mucho más
rápidos que en los países desarrollados; y
la proporción de personas a cargo, tanto de niños
como de ancianos, serÁmuy alta.
En
el Gráfico 8.3 también
se expone el problema del desequilibrio entre la proporción
de varones y mujeres en los grupos de más edad, causado
por la mayor longevidad natural de las mujeres. En los países
de ingreso alto hay, como promedio, 133 mujeres por cada
100 hombres de 60 años de edad o más. En los
países de ingreso bajo el desequilibrio es menor
(104 mujeres por cada 100 hombres), pero esta "ventaja"
aparente de los países pobres se debe a una mayor
mortalidad derivada de la maternidad y a la discriminación
en razón del género, en especial la discriminación
en el acceso a la atención de la salud.
A medida
que la salud de la población mundial ha ido mejorando,
la carga de la morbilidad ha disminuido. Al mismo tiempo,
la estructura de la enfermedad ha variado rápidamente:
la preponderancia de las enfermedades transmisibles (diarrea,
helmintiasis, sarampión), que constituyen el mayor
peligro para la salud de bebés y niños, ha
dado paso al predominio de las enfermedades no transmisibles
(enfermedades circulatorias, cardiopatías, cáncer),
que afectan principalmente a los adultos. Si bien hay medios
baratos y eficaces de eliminar la mayoría de las
enfermedades transmisibles, el tratamiento de las no transmisibles
suele ser mucho más costoso. Además, para
reducir considerablemente su incidencia, la gente tendría
que modificar su comportamiento y estilo de vida.
La diferencia en materia de salud entre Europa oriental
y Europa occidental sirve de ejemplo para ilustrar la importancia
del estilo de vida. A esa diferencia contribuye, fundamentalmente,
la incidencia de ataques cardíacos y accidentes cerebrovasculares,
cuyos principales factores de riesgo son una dieta inadecuada,
la falta de ejercicio, el consumo excesivo de alcohol y
el tabaquismo. Todos estos factores, en especial el hábito
de fumar, son más frecuentes en Europa oriental (Gráfico
8.4 y Cuadro de datos 2).
El
humo del cigarrillo es más perjudicial para la salud
humana que todos los contaminantes del aire juntos. El hábito
de fumar no sólo es peligroso para los fumadores,
alrededor de la mitad de los cuales muere prematuramente
a raíz de enfermedades relacionadas con el tabaco,
como el cáncer, las cardiopatías y las afecciones
respiratorias, sino también para los fumadores "pasivos",
que inhalan el humo de los cigarrillos de otros. Se calcula
que, para los fumadores pasivos, el riesgo de contraer cáncer
aumenta un 30%, y de sufrir cardiopatías, un 34%.
Los gobiernos de la mayoría de los países
desarrollados han tomado medidas para reducir el consumo
de tabaco y disminuir así los costos que acarrea
para la sociedad; con este propósito, han fijado
impuestos al tabaco, han limitado la publicidad de cigarrillos
y han informado a la población sobre los riesgos
del hábito de fumar. Los impuestos más altos
a los cigarrillos se han establecido en Europa occidental.
De acuerdo con un informe publicado en 1998 por el Instituto
de la Vigilancia Mundial, en Noruega los fumadores pagan
$5,23 en impuestos por cada cartón de cigarrillos,
lo que representa el 74% del precio total; en el Reino Unido
pagan $4,30 por concepto de impuestos, el 82% del precio
total. La experiencia recogida en numerosos países
demuestra que los impuestos al tabaco son eficaces para
desalentar su consumo: si el precio de los cigarrillos aumenta
un 10%, el consumo se reducirÁen un 5% entre los
adultos y de un 6% a un 8% entre los jóvenes (de
15 a 21 años), quienes suelen tener menos ingresos
disponibles.
Según el mismo informe, mientras que en Europa occidental
y los Estados Unidos el número de fumadores estÁdisminuyendo,
en la mayoría de los países en desarrollo
va en aumento, particularmente entre las mujeres y los jóvenes.
Ante el retroceso de la demanda en sus propios países,
las compañías tabacaleras europeas y estadounidenses
han logrado aumentar sus ventas ingresando en los mercados,
menos regulados e informados, de los países menos
desarrollados. En los últimos 10 años, las
exportaciones de cigarrillos como porcentaje de la producción
se han duplicado hasta alcanzar el 60% en el Reino Unido
y el 30% en los Estados Unidos, los dos principales exportadores.
Si se mantienen las pautas actuales de consumo de cigarrillos,
el número de muertes relacionadas con el tabaco en
todo el mundo aumentarÁabruptamente, desde los 3
millones al año que se producen en la actualidad,
hasta los 10 millones en el año 2020, y el 70% de
ellas ocurrirÁen el mundo en desarrollo.
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