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Más Allá Crecimiento Económico
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Capítulo XIV. El desarrollo económico y el peligro del cambio climático mundial

Discussion PromptDesde la revolución industrial, el desarrollo económico ha ido de la mano del aumento del consumo de combustibles fósiles, pues las fábricas, las centrales eléctricas, los vehículos automotores y los hogares queman cada vez más y más carbón, petróleo y gas natural. Las consiguientes emisiones de dióxido de carbono (CO2) se han convertido en la principal fuente de gases de efecto invernadero , es decir, los gases que atrapan la radiación infrarroja de la Tierra dentro de la atmósfera y crean el peligro de que aumente la temperatura mundial. Como los ecosistemas de la Tierra son tan complejos, se desconoce el momento exacto y el grado en que las actividades económicas del hombre modificarán el clima del planeta, pero muchos científicos consideran que ya se observan algunos cambios.

Según el informe publicado en 1995 por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambios Climáticos, si se mantiene la evolución actual de las emisiones de gases de efecto invernadero, para el año 2100 la temperatura mundial media podría aumentar 1,0-3,5 grados y el nivel del mar podría subir entre 15 y 95 centímetros. Aunque estos cambios pueden parecer menores, podrían acarrear una multiplicidad de consecuencias perjudiciales, así como algunos beneficios inciertos. Los bosques y otros ecosistemas que no logren adaptarse a la variación de la temperatura y la distribución de las precipitaciones, por ejemplo, pueden resultar afectados. Es probable que también el hombre sufra las consecuencias, y la población de los países pobres puede ser la más afectada, al estar menos preparada para enfrentar los cambios.

En muchos países en desarrollo de regiones áridas y semiáridas, el acceso al agua potable serÁcada vez más difícil (en la actualidad, más de 1.000 millones de personas carecen de agua apta para el consumo). Las enfermedades tropicales pueden propagarse hacia el Norte, y las inundaciones seguramente se convertirán en un grave problema para las regiones templadas y húmedas. Mientras que en las latitudes medias y altas la producción de alimentos podría verse facilitada, es probable que en las zonas tropicales y subtropicales los rendimientos de las cosechas disminuyan. Es posible que enorme cantidad de gente se vea obligada a desplazarse por el aumento del nivel del mar; sólo en Bangladesh, podrían ser decenas de millones, y en las islas caribeñas de litoral bajo, naciones enteras.

La cantidad de dióxido de carbono que un país emite a la atmósfera depende principalmente del tamaño de su economía, de su nivel de industrialización y de la y de la eficiencia con que usa la energía. Si bien los países en desarrollo albergan a la mayor parte de la población mundial, su producción industrial y consumo de energía per cápita son relativamente reducidos. Por ello, hasta hace poco tiempo no había muchas dudas de que los países desarrollados eran los principales responsables del peligro de calentamiento de la Tierra (Mapa 14.1; Gráficos 14.1 y 14.2).

Estados Unidos es el país que más incide en el calentamiento de la atmósfera. A pesar de que sus habitantes representan sólo el 4% de la población mundial, produce casi el 25% de las emisiones mundiales de dióxido de carbono. Recientemente, China desplazó a Rusia del segundo lugar en cuanto al nivel general de emisiones; no obstante, si se considera el volumen per cápita, Rusia sigue muy por encima de China (véanse los Gráficos 14.1 y 14.2), lo cual se debe no sólo a su alto grado de industrialización, sino también a que muchas empresas rusas utilizan tecnologías más antiguas y contaminantes que las empleadas normalmente en los países desarrollados. El uso extremadamente ineficiente de la energía es uno de los mayores problemas económicos de Rusia. Medida en función del producto interno bruto (PIB) por unidad de uso de energía, la eficiencia rusa es más de 5 veces menor que la de los Estados Unidos y más de 12 veces menor que la del Japón. Sólo cuatro países son más ineficientes que Rusia en el uso de la energía, y todos ellos son antiguos miembros de la Unión Soviética (véase el Cuadro de datos 4).

El vínculo entre crecimiento económico y aumento del consumo de energía —acompañado de un incremento en las emisiones de dióxido de carbono— es directo y positivo en los países de ingreso bajo y de ingreso mediano. Pero con niveles de ingreso elevados, hay indicios de una reducción del consumo de energía per cápita y de la contaminación per cápita a pesar del crecimiento económico (véase el Cuadro de datos 4). Ello ocurre porque la energía se utiliza con mayor eficiencia y se introducen tecnologías menos contaminantes. Además, una economía de ingreso alto tiene, por lo general, un sector de servicios proporcionalmente más grande, el cual requiere un uso menos intensivo de la energía que el sector industrial (véase el Capítulo 9).

Alemania constituye un ejemplo para otros países desarrollados en este sentido: entre 1980 y 1992, el uso de energía per cápita descendió 11%, y sus emisiones de dióxido de carbono per cápita, casi 20%. En el mismo período, en los Estados Unidos el consumo de energía per cápita se mantuvo estable y las emisiones de dióxido de carbono per cápita disminuyeron alrededor del 6%. Pero estos cambios no fueron suficientes para detener el aumento de las emisiones de dióxido de carbono de los países de ingreso alto o para desacelerar el crecimiento de las emisiones mundiales (véase el Cuadro de datos 4). Para impedir el cambio climático mundial, se necesitan los esfuerzos concertados de los gobiernos de la mayor parte de los países.

En la Cumbre para la Tierra celebrada en Rio de Janeiro, Brasil, en 1992, las naciones desarrolladas acordaron tratar de estabilizar, para el año 2000, las emisiones de gases de efecto invernadero en los niveles de 1990. Para 1997, cuando los representantes de 165 países se reunieron en Kyoto, Japón, en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, era evidente que muchos países —entre ellos los Estados Unidos— estaban muy lejos de alcanzar ese objetivo. El Protocolo de Kyoto, aprobado en la Conferencia con la intención de ser jurídicamente obligatorio, exhorta a todas las naciones ricas a reducir, para 2012, las emisiones de gases de efecto invernadero de un 6% a un 8% por debajo de los niveles de 1990.

Discussion PromptEste acuerdo se considera el compromiso mundial sobre medio ambiente más ambicioso de la historia, aun cuando no contó con la participación de los países en desarrollo. La mayoría de éstos se niega a comprometerse a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero pues sostienen que una obligación semejante podría dificultar su desarrollo económico e impedirles aliviar la pobreza. Al mismo tiempo, varios países con economía en transición se han sumado a los esfuerzos de los países desarrollados. Rusia y Ucrania, por ejemplo, han afirmado que no superarán sus emisiones de gases de efecto invernadero de 1990, mientras que Hungría y Polonia han prometido reducirlas hasta un 6% por debajo del nivel alcanzado ese año.

Se espera que los países desarrollados encabecen los esfuerzos por evitar el cambio climático mundial, si bien lo más probable es que, en menos de 20 años, los principales emisores de dióxido de carbono sean los países en desarrollo. Pero transcurrirán mucho más de 20 años hasta que el consumo de energía per cápita de los países en desarrollo sea similar al consumo actual de los países desarrollados. Por ello, si hemos de ser equitativos, debemos admitir que los países pobres de hoy en día tienen todo el derecho de seguir contaminando la atmósfera. ¿Pero es sensato adoptar un modelo de desarrollo que ha demostrado ser insostenible? ¿Y es verdad que los problemas ambientales no se pueden solucionar sin impedir el crecimiento económico de los países pobres? Muchos analistas consideran que cuanto antes estos países aprovechen las tecnologías de producción menos contaminantes y los medios más eficientes de generar y utilizar energía, mejores serán sus perspectivas de desarrollo a largo plazo.

Supongamos que, por una cuestión de equidad, cada persona de la Tierra tiene el mismo derecho a beneficiarse de la atmósfera, considerada como recurso. En tal caso, las cuotas de emisión de dióxido de carbono de cada país deberían determinarse de acuerdo con el tamaño de la población. Los países de ingreso bajo no habrían alcanzado aún sus cuotas y tendrían derecho a seguir emitiendo dióxido de carbono. Pero los países de ingreso mediano e ingreso alto ya las habrían agotado (compárense los Gráficos 2.2 y 14.3).

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