A pesar de los riesgos, muchos países han decidido globalizar en gran medida su economía. La magnitud de este proceso se puede medir por la relación entre el comercio de un país (exportaciones más importaciones) y su PIB o PNB. De acuerdo con esta medición, la globalización prácticamente se ha duplicado, como promedio, desde 1950. En los últimos 30 años, las exportaciones han tenido una tasa de crecimiento que casi duplica la del PNB (Gráfico 12.1) Por ello, para 1996 la relación entre el comercio mundial y el PIB mundial (tomando en cuenta la paridad del poder adquisitivo) había llegado casi al 30% (como promedio, alrededor del 40% en los países desarrollados y aproximadamente 15% en los países en desarrollo; Mapa12.1 y Cuadro de datos 3).
Nota: La relación entre el comercio y el PIB ajustado en función de la paridad del poder adquisitivo se considera el mejor instrumento para comparar la integración de los distintos países en la economía mundial, pero su uso se complica por las diferencias en la participación del sector de los servicios en la economía de cada país. Por ejemplo, los países desarrollados parecen menos integrados porque una proporción mayor de su producción consiste en servicios, gran parte de los cuales son, por sus propias características, no comerciables.
En los últimos 10 años se ha incrementado el comercio entre los países desarrollados y en desarrollo. Si bien los países desarrollados comercian principalmente entre sí, la proporción de sus exportaciones hacia los países en desarrollo pasó del 20% en 1985 al 22% en 1995. Al mismo tiempo, los países en desarrollo han intensificado las relaciones comerciales entre sí, a pesar de que los países desarrollados constituyen todavía sus principales asociados comerciales, los mejores mercados para sus exportaciones y la principal fuente de importaciones.
La relación de intercambio de la mayoría de los países en desarrollo se deterioró en los años ochenta y noventa porque los precios de los productos primarios —que solían constituir la proporción más grande de las exportaciones de los países en desarrollo— han disminuido frente a los precios de los productos manufacturados. Por ejemplo, entre 1980 y 1995, los precios reales del petróleo cayeron a casi un cuarto de su valor, los del cacao a casi un tercio y los del café casi a la mitad. Todavía se discute si esta reducción relativa de los precios de los productos básicos es permanente o transitoria, pero los países en desarrollo que dependen de esas exportaciones ya han sufrido fuertes pérdidas económicas que han demorado su crecimiento económico y su desarrollo.
Ante esta transformación de las relaciones de intercambio, muchos países en desarrollo han aumentado la participación de los productos manufacturados en sus exportaciones, incluso en las exportaciones a los países desarrollados (Gráfico 12.2). Las categorías más dinámicas de sus exportaciones manufacturadas son productos que requieren gran intensidad de mano de obra y escasos conocimientos especializados (prendas de vestir, alfombras, productos de armado manual), lo cual les permite crear más puestos de trabajo y aprovechar mejor la gran fuerza laboral disponible.
En cambio, los bienes que los países en desarrollo importan de los desarrollados son, en su mayoría, productos manufacturados muy especializados y con alto coeficiente de capital —principalmente maquinaria y equipos de transporte— en los cuales los países desarrollados conservan su ventaja comparativa1.
Los países que se encuentran en etapa de transición de una economía planificada a una economía de mercado han reconocido los beneficios potenciales de la integración mundial, y la mayoría ha liberalizado considerablemente sus regímenes comerciales. Como resultado, en muchos de los países de Europa central y oriental la participación del comercio en el PIB aumentó del 10% o menos en 1990 al 20% o más en 1995. En Rusia y otros países de la ex Unión Soviética, el coeficiente entre el comercio y el PIB descendió en este período, pero a consecuencia del derrumbe del comercio dentro de la ex Unión Soviética; el comercio con el resto del mundo en realidad se incrementó. A medida que la estructura del comercio determinada por el Estado va dejando paso a otra plasmada por el mercado, se observa una reorientación general del comercio que favorece la creación de vínculos más estrechos con las economías de mercado establecidas.
El comercio entre los países en transición también se estÁrecuperando del marcado retroceso que sufrió, por motivos políticos, al comenzar el período de transición. Se han puesto en marcha diversas iniciativas encaminadas a la integración de la economía regional, como la Zona de libre comercio del Báltico (integrada por Estonia, Letonia y Lituania); la Zona de libre comercio de Europa central (constituida por la República Checa, Hungría, Polonia, la República Eslovaca, Eslovenia y los países de la Zona de libre comercio del Báltico), y las iniciativas de libre comercio dentro de la Comunidad de Estados Independientes. Una de estas iniciativas comenzó en 1995 con negociaciones sobre el establecimiento de una unión aduanera entre cuatro miembros de esa Comunidad: Rusia, Belarús, Kazajstán y la República Kirguisa. Rusia y Belarús ya han firmado un tratado sobre la creación de una Comunidad Interestatal.
Los bloques regionales de comercio pueden contribuir a estabilizar la economía de los países en transición, pero sus integrantes también corren el riesgo de perder oportunidades, quizÁmás beneficiosas, de establecer relaciones comerciales con otros países. Diez países en transición de Europa central y oriental y de la zona del Báltico han pedido su incorporación en la Unión Europea, y casi todos los países en transición han solicitado la admisión, en calidad de miembros, de la Organización Mundial del Comercio (OMC). La participación en la OMC protegería a estos países de los fuertes obstáculos &mdesh;en especial los cupos&mdesh; que todavía les impiden exportar a los países desarrollados los productos denominados "sensibles", entre los que se cuentan los productos agropecuarios, hierro y acero, textiles, calzado y otros en los cuales las economías en transición pueden tener ventajas comparativas. Al sumarse a la OMC las economías en transición no sólo adquirirían derechos sino que también contraerían obligaciones, como la eliminación de los obstáculos no arancelarios y el compromiso de imponer únicamente aranceles bajos o moderados.
Un problema importante que deben enfrentar las economías en transición es hallar su lugar en la división internacional del trabajo. En muchos casos, ello implicarÁla diversificación de la estructura de sus exportaciones, en particular hacia los países desarrollados. Algunos países de la ex Unión Soviética están especializados en la producción y la exportación de un pequeño número de productos básicos; Turkmenistán y Uzbekistán, por ejemplo, se dedican al algodón, y Moldova, a los productos agropecuarios. Para otros, como Rusia y Belarús, los principales problemas son la calidad y la competitividad internacional de sus productos manufacturados.
1 En muchos países desarrollados se discute a menudo si la creciente presión competitiva de las importaciones de bajo costo y uso intensivo de mano de obra que provienen de los países en desarrollo deprime los salarios de los trabajadores no calificados de los países desarrollados (lo que ahonda la brecha salarial entre los trabajadores especializados y los no calificados, como en el Reino Unido y los Estados Unidos) y aumenta el desempleo, especialmente de los obreros con escasa especialización (como en Europa occidental). Sin embargo, los estudios realizados parecen indicar que, si bien el comercio con los países en desarrollo afecta la estructura de la industria y la demanda de mano de obra industrial en los países desarrollados, las principales razones de los problemas vinculados a los salarios y al desempleo son internas y surgen de la reestructuración de la economía en la etapa postindustrial y del progreso tecnológico, que provoca la disminución de puestos de trabajo (véanse los Capítulos 7 y 9).