La Otra Crisis
Discurso ante la Junta de Gobernadores
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suitable for printing or reading offline: am98-es.pdf (95K)Esta es la cuarta vez que me presento ante ustedes en calidad de Presidente del Grupo del Banco Mundial. Ante todo, quiero expresar mi reconocimiento a nuestro Presidente, Wolfgang Ruttenstorfer, y a mi colega y amigo, Michel Camdessus, por la estrecha colaboración que hemos podido mantener durante este último año.
Quiero también rendir homenaje al Fondo por la labor realizada en un año caracterizado por fuertes turbulencias, y reconocer la aportación de Michel y sus colegas para hacer frente a problemas de gran complejidad en un momento muy difícil.
Todos somos conscientes de que nos reunimos en una coyuntura de crisis mundial. Nos reunimos aquí movidos por un mismo empeño en proteger el bienestar común, escuchar todas las opiniones, y ponernos en contacto con nuestros amigos y críticos para encontrar nuevas soluciones. Debemos actuar con audacia.
Señor Presidente, las circunstancias han cambiado mucho desde mi intervención del año pasado.
Hace un año, la producción mundial crecía a un ritmo del 5,6% -el más alto de los últimos 20 años. Hace un año, Asia oriental experimentaba dificultades, pero nadie preveía la gravedad de la caída. Hace un año, Asia meridional, donde vive el 35% de los pobres de todo el mundo, no conocía todavía las pruebas nucleares, y parecía que podría disfrutar de un crecimiento del 6% en los años futuros. Quizá más. Hace un año, los países en desarrollo habían emprendido un camino que prometía un crecimiento sostenido durante el próximo decenio. Hace un año, había optimismo sobre Rusia y su fuerte equipo reformista.
Y luego llegó un año de turbulencia y confusión.
Asia oriental, donde se estima que más de 20 millones de personas recayeron en la pobreza el año pasado, y donde, en el mejor de los casos, se prevé un crecimiento desacelerado e inestable durante varios años. Rusia, castigada por la crisis económica y política, atrapada entre dos mundos, entre dos sistemas, en ninguno de los cuales se siente cómoda. Japón, la segunda economía mundial, tan importante para la recuperación de Asia oriental, con un gobierno empeñado en la reforma económica, y a pesar de todo en fase de recesión, con repercusiones profundas no sólo en Asia sino en todo el mundo. Pruebas nucleares en la India y Pakistán. Amenazas de guerra en Eritrea y Etiopía. Bombas terroristas en Kenya y Tanzanía.
Y, para complicarlo todo, El Niño -el peor de la historia- con toda su fuerza devastadora, especialmente para los pobres. En Bangladesh, las inundaciones sumergieron a dos terceras partes del país durante más de dos meses, echando por tierra muchos de los recientes progresos sociales y económicos. En China, el anegamiento de la región del río Yang Tse causó la pérdida de 3.500 vidas, destruyó cinco millones de viviendas y desalojó a 200 millones de personas.
Señor Presidente, en el pasado he evocado imágenes esperanzadoras: de gente en los barrios pobres de Brasil, en las aldeas de Uganda y en la meseta de Loess en China, y de cientos de miles de mujeres que tienen la oportunidad de vivir una vida digna gracias al microfinanciamiento. Personas que por fin pueden ser dueñas de su propio destino.
Hoy, mis recuerdos son muy distintos. Imágenes sombrías, sobrecogedoras de desesperación, impotencia y miseria. De personas que tuvieron esperanzas, pero las han perdido.
La madre, en Mindanao, que retira a su hijo de la escuela con el temor de que ya nunca podrá volver. La familia de Corea, que antes tenía un respetable negocio de recuperación de chatarra y ahora se encuentra sumida en la miseria por la falta de crédito. El padre que, en Yakarta, paga a un prestamista intereses tres veces superiores a lo que él puede ganar al día, endeudándose cada vez más y sin saber cómo podrá liberarse de esa situación. Los niños que, en Bangkok, se ven condenados a dejar de ser niños y lanzarse a la calle.
Hoy, mientras hablamos de la crisis financiera, 17 millones de indonesios han recaído en la pobreza y, en toda la región, un millón de niños ya no regresarán a la escuela.
Hoy, mientras hablamos de la crisis financiera, aproximadamente el 40% de la población rusa vive en la pobreza.
Hoy, mientras hablamos de la crisis financiera, en todo el mundo 1.300 millones de personas subsisten con menos de un dólar al día; 3.000 millones viven con menos de dos dólares al día; 1.300 millones no tienen agua potable; 3.000 millones carecen de servicios de saneamiento, y 2.000 millones no tienen electricidad.
Hablamos de la crisis financiera mientras que en Yakarta, en Moscú, en África al sur del Sahara, en los barrios pobres de la India y de América Latina, somos testigos del dolor humano que causa la pobreza.
La Crisis Financiera
Señor Presidente, tenemos que hacer algo para acabar con este sufrimiento. Debemos ir más allá de la estabilización financiera. Debemos abordar los problemas del crecimiento con equidad a largo plazo, base de la prosperidad y el progreso humano. Debemos prestar especial atención a los cambios institucionales y estructurales necesarios para la recuperación económica y el desarrollo sostenible. Debemos ocuparnos de los problemas sociales.
Debemos hacer todo eso. Porque si no tenemos la capacidad de hacer frente a las emergencias sociales, si no contamos con planes a más largo plazo para establecer instituciones sólidas, si no logramos una mayor equidad y justicia social, no habrá estabilidad política. Y sin estabilidad política, por muchos recursos que consigamos acumular para programas económicos, no habrá estabilidad financiera.
Por eso, en respuesta a la crisis actual, en el Banco estamos dedicando gran atención a la adopción de medidas a corto y largo plazo para lograr una recuperación sostenida.
Estamos colaborando con los gobiernos en la reforma financiera, judicial y normativa, en la formulación de leyes sobre quiebra, en los programas de lucha contra la corrupción y en la gestión de las empresas, todos ellos aspectos indispensables para restaurar la confianza del sector privado. Antes de la crisis, ya habíamos intervenido en la reforma del sector financiero en 68 países. A petición de nuestros accionistas, hemos incrementado esa capacidad en un tercio, y estamos fortaleciendo nuestro liderazgo para promover la buena gestión empresarial.
En el frente social, estamos reestructurando nuestras carteras para dar mayor prioridad a los programas que pueden beneficiar rápidamente a las comunidades pobres. Estamos esforzándonos por mantener a los niños en la escuela; por ejemplo, en Indonesia, donde apoyamos un programa para ofrecer becas a 2,5 millones de niños. Estamos creando empleos, en Tailandia, mediante un nuevo fondo social. Estamos estableciendo estructuras de protección social, en Corea, a través de una serie de préstamos para ajuste estructural. En toda la región estamos intentando mantener el suministro de alimentos, procurando conseguir que los enfermos reciban los medicamentos imprescindibles. Estamos tratando de mantener los programas de salud y educación, de evitar daños para el medio ambiente, de colocar en primer plano a las personas.
Señor Presidente, hemos aprendido que si bien el establecimiento de planes macroeconómicos acertados, con políticas fiscales y monetarias eficaces, es un requisito fundamental en todos los sentidos, los planes financieros por sí solos no bastan.
Hemos comprobado que cuando pedimos a los gobiernos que adopten medidas rigurosas para organizar sus economías, podemos generar enormes tensiones. Quien sufre es la gente, no los gobiernos.
Cuando corregimos los desequilibrios presupuestarios, hemos de tener en cuenta que pueden desaparecer los programas encaminados a mantener a los niños en la escuela; que pueden desaparecer los programas de atención de salud para los más pobres; que por falta de crédito pueden desaparecer pequeñas y medianas empresas, fuente de ingreso para sus propietarios y de empleo para muchos otros.
Hemos aprendido, señor Presidente, que se necesita un equilibrio. Debemos tener en cuenta los aspectos financieros, institucionales y sociales. Debemos aprender a entablar un debate en que las matemáticas no valgan más que las razones humanitarias, en que la necesidad de cambios, con frecuencia drásticos, sea compatible con la protección de los intereses de los pobres. Sólo entonces llegaremos a soluciones sostenibles. Sólo entonces podremos conseguir el apoyo de la comunidad financiera internacional y de los ciudadanos.
Señor Presidente, mucho se ha hablado, antes y durante estas reuniones, sobre una nueva arquitectura financiera mundial. Esas conversaciones reflejan un sentimiento cada vez más generalizado de que algo no funciona en un sistema en el cual incluso los países que han adoptado firmes políticas económicas durante varios años son zarandeados por los mercados financieros internacionales, un sistema en el cual los trabajadores de esos mismos países van a perder el empleo y cuyos hijos van a tener que interrumpir su educación, teniendo que renunciar a sus esperanzas y sueños.
Ahora que ha transcurrido más de medio siglo desde la creación de la nueva arquitectura económica a raíz de la segunda guerra mundial, estoy convencido de que nuestras instituciones económicas internacionales nos han prestado un valioso servicio. Ciertamente, no han resuelto todos nuestros problemas. Pero estamos ahora mucho mejor que si no hubiéramos contado con ellas.
Si bien no se ha eliminado la pobreza, los ingresos han subido. La revolución verde ha dado sustento a millones de personas que de lo contrario habrían perecido de hambre. Algunas enfermedades, como la ceguera de los ríos, están casi erradicadas, y hemos progresado en la lucha contra muchas otras.
Hace más de medio siglo que no se produce una gran crisis mundial. El sistema ha soportado grandes conmociones, como la enorme subida de los precios del petróleo. Y, en ese medio siglo, las instituciones han evolucionado a la par de la economía mundial.
Pero, señor Presidente, no podemos engañarnos y hacer de cuenta que todo marcha bien. No podemos desconocer que la crisis ha revelado deficiencias y puntos vulnerables que tenemos que resolver. Tenemos que ser audaces, pero también realistas. No podemos esbozar una nueva arquitectura en dos días, ni en dos semanas. Pero tampoco podemos permitirnos perder un decenio entero, como ocurrió en América Latina tras su crisis de principios de los años ochenta. Es mucho lo que está en juego, demasiadas vidas humanas…
Lo que podemos intentar aquí y ahora es lo siguiente: podemos determinar qué es preciso hacer. Podemos reconocer los problemas. Podemos aclarar nuestros objetivos. Podemos esforzarnos por llegar a un consenso. Los problemas son demasiado graves, y sus consecuencias demasiado importantes, para conformarnos con las respuestas del pasado o con las modas o las ideologías del momento. Debemos comprometernos a actuar de consuno para conseguir resultados mejores. Permítanme proponer un planteamiento basado en tres pilares.
El primer pilar debe ser la prevención: debemos comprender las causas de las crisis y esforzarnos por crear estructuras económicas que las hagan menos frecuentes y menos graves.
El segundo debe ser la respuesta: por muy bien que cumplamos esa primera tarea, seguirá habiendo crisis. Debemos concebir medios más eficaces de responder a esas situaciones, medios que permitan repartir mejor la carga, medios que no causen tanto perjuicio a los trabajadores, a las pequeñas empresas y a otras víctimas inocentes.
El tercer pilar deben ser los sistemas de protección social: por muy bien que formulemos respuestas equitativas y eficaces -y es claro que tenemos que avanzar bastante en ese sentido-, muchos saldrán perjudicados sin tener ninguna culpa. Las tasas de desempleo subirán. Debemos proteger con mucha mayor eficacia a esas víctimas inocentes.
Señor Presidente, a petición de los ministros de hacienda hemos tratado de intensificar la colaboración entre el Banco y el Fondo. Los ministros nos pidieron que examináramos la división de nuestras funciones, y así lo hemos hecho en un auténtico esfuerzo concertado.
Nuestros cometidos son claramente diferentes. El mandato del Fondo comprende la supervisión, las cuestiones cambiarias, la balanza de pagos, las políticas de estabilización que promueven el crecimiento, y los instrumentos conexos. El mandato del Banco se centra en los componentes y la adecuación de los programas y prioridades en materia de desarrollo, incluidas las políticas estructurales y sectoriales y, por lo tanto, en la creación de una sólida base para el desarrollo: una tarea de prevención de crisis.
En este momento crítico, en que el sector privado está retirando los fondos de los mercados emergentes, en que se ven mermados los recursos del FMI y se reduce el apoyo directo de las naciones en situación más desahogada, reconocemos la obligación de convertirnos en prestamista contracíclico, decidido a ofrecer ayuda donde sea necesaria, no sólo a los países en crisis sino también a muchos clientes nuestros cuyo desempeño económico es excelente pero que han quedado rezagados en la carrera por obtener fondos en los mercados mundiales. Debemos ayudarlos para evitar que caigan en una crisis.
Sí, debemos actuar con rapidez en los países en crisis para lograr que las reformas sociales, institucionales y normativas echen raíces inmediatas y pasen a ser parte integrante del programa global -que las respuestas a las crisis favorezcan la recuperación a largo plazo.
Sí, debemos intervenir sin demora con asistencia social de emergencia. Pero nuestra función es distinta de la del Fondo. Podemos conceder préstamos de emergencia, pero no para mantener la liquidez. Dada nuestra estructura financiera y la necesidad de no exceder nuestros prudentes límites crediticios, hay algunas consecuencias que no podemos pasar por alto.
Si aumentamos los préstamos inmediatos, habrá menos recursos que prestar para nuestra misión de desarrollo a largo plazo; menos para la AIF, menos para los países pobres muy endeudados y menos para la población pobre de los países en crisis. Nuevas exigencias sobre nuestras instituciones exigirán una evaluación sumamente cuidadosa de las posibles necesidades de nuevos recursos. Con el respaldo de nuestro capital y recursos disponibles y de un elevado volumen de capital suscrito y no desembolsado, hoy día nuestra situación es muy sólida, pero a medida que sigamos avanzando, debemos cuidar de no vernos enfrentados a una limitación de capital.
Por otra parte, no podemos olvidar la necesidad urgente de recabar todo el financiamiento necesario para los países más pobres a través de la duodécima reposición de los recursos de la AIF y de la Iniciativa para los países pobres muy endeudados. Ello debe constituir una prioridad en las semanas y meses próximos.
El Nuevo Enfoque
Señor Presidente, cuando observamos el ritmo y la magnitud de los cambios mundiales de los últimos 12 meses, a nosotros nos interesan, al igual que a todos los que están aquí reunidos, las enseñanzas que deberíamos extraer de esas experiencias. Nosotros, como todos ustedes, nos preguntamos cómo deberíamos actuar en el futuro para tratar de evitar estas fluctuaciones en el panorama económico y sociopolítico. ¿Qué hemos observado?
Observamos que en la actual economía globalizada los países pueden invertir en educación y salud, pueden sentar las bases macroeconómicas, pueden crear infraestructuras y sistemas de comunicación modernos. Pueden hacer todo eso, pero si no tienen un sistema financiero eficaz, si no cuentan con una supervisión normativa adecuada o una legislación sobre quiebras bien orientada, si no tienen leyes eficaces sobre competencia y reglamentación, si no existen normas de transparencia y contabilidad, su desarrollo corre peligro y no durará.
Observamos que en la economía globalizada de nuestros días los países pueden avanzar hacia la economía de mercado, pueden privatizar, pueden acabar con los monopolios, y pueden reducir las subvenciones estatales, pero si no combaten la corrupción y adoptan prácticas razonables de gobierno, si no introducen sistemas de protección social, si no logran el consenso social y político en torno a la reforma, si no consiguen el apoyo de la población, su desarrollo corre peligro y no durará.
Observamos que en la economía globalizada de nuestros días, los países pueden atraer capital privado, pueden construir un sistema bancario y financiero, pueden lograr el crecimiento y pueden invertir en las personas -en algunas de ellas-, pero si marginan a los pobres, si marginan a las mujeres y a las minorías indígenas, si no adoptan una política de inclusión, su desarrollo corre peligro y no durará.
Señor Presidente, observamos que, en una economía globalizada, lo que importa es la totalidad del cambio en un país.
El desarrollo es algo más que ajuste. El desarrollo es algo más que presupuestos equilibrados y gestión fiscal. El desarrollo es algo más que educación y salud. El desarrollo es algo más que soluciones tecnocráticas.
El desarrollo consiste en aplicar políticas macroeconómicas acertadas -es cierto; pero también consiste en construir carreteras, potenciar a las personas, redactar leyes, reconocer la contribución de la mujer, eliminar la corrupción, educar a las niñas, construir sistemas bancarios, proteger el medio ambiente, vacunar a los niños.
El desarrollo consiste en integrar todos los componentes, reunirlos y armonizarlos.
La necesidad de lograr un desarrollo equilibrado es válida en los casos de Asia oriental y Rusia, pero también en los de África, América Latina, Oriente Medio, las economías en transición de Europa central y oriental y de Eurasia. Es válida, señor Presidente, para todos nosotros.
La idea de que el desarrollo exige un esfuerzo total -un programa económico y social equilibrado- no es revolucionaria, pero la verdad es que no es éste el enfoque que estamos adoptando actualmente en la comunidad internacional.
Si bien nuestros programas y proyectos individuales han logrado algunos resultados extraordinarios a lo largo de muchos años, con demasiada frecuencia no los hemos relacionado con el conjunto. Con demasiada frecuencia, nuestra concepción de las transformaciones económicas necesarias ha sido demasiado restringida; al prestar más atención a las cifras macroeconómicas o a las reformas de gran alcance, como la privatización, hemos dejado de lado la infraestructura institucional básica, sin la cual una economía de mercado sencillamente no puede funcionar. En lugar de incentivos para crear riqueza, puede haber incentivos para la liquidación de activos.
Con demasiada frecuencia nos hemos centrado excesivamente en lo económico, sin comprender bien los aspectos sociales, políticos, ambientales y culturales de la sociedad.
No hemos pensado lo suficiente en la estructura global que se requiere en un país para que pueda transformarse de forma integrada en el tipo de economía elegido por sus ciudadanos y sus dirigentes. No hemos pensado lo suficiente en los elementos vulnerables, los componentes de una economía que puedan echar por tierra todo el edificio. Tampoco hemos pensado en la sostenibilidad: qué hace falta para que la transformación social y económica sea duradera. Sin ello, podemos establecer una nueva arquitectura financiera internacional. Pero será una edificación levantada sobre la arena.
Señor Presidente, permítame proponer una idea que puede ayudarnos a abordar algunas de estas cuestiones.
El FMI tiene un esquema general que examina cada año conjuntamente con los países miembros, un esquema que los ministros de hacienda -todos nosotros- usan para evaluar los resultados macroeconómicos de cada país.
En la actualidad, a raíz de la crisis, necesitamos un segundo esquema; un esquema que tenga en cuenta el progreso de las reformas estructurales necesario para el crecimiento a largo plazo, que incluya la dimensión humana y social, que se ocupe de la conservación del medio ambiente, la condición de la mujer, el desarrollo rural, las poblaciones indígenas, el progreso en materia de infraestructura, y así sucesivamente.
Por todo ello, en nuestros debates en el Banco hemos formulado y estamos probando un nuevo enfoque. Un planteamiento que no imponemos a nuestros clientes, sino que ellos mismos formulan con nuestra ayuda. Un enfoque que nos permita ir "más allá de los proyectos" y pensar en forma mucho más rigurosa sobre lo que se requiere para un desarrollo sostenible en el sentido más amplio del término.
Señor Presidente, necesitamos un nuevo esquema de desarrollo.
¿Qué podrían encontrar los países en este esquema?
Primero, este esquema esbozaría los elementos fundamentales del buen gobierno: transparencia, representación, libre intercambio de información, compromiso de combatir la corrupción y una administración pública bien capacitada y debidamente remunerada.
Segundo, especificaría los componentes normativos e institucionales imprescindibles para una economía de mercado viable: un sistema jurídico e impositivo que impida los abusos y garantice los derechos de propiedad, el cumplimiento de los contratos, una competencia eficaz y procesos ordenados y eficientes para la solución de pleitos y quiebras; un sistema financiero moderno, transparente y bien supervisado, sin favoritismo y con normas de contabilidad y auditoría para el sector privado internacionalmente reconocidas.
Tercero, nuestro esquema requeriría políticas que promovieran la inclusión: educación para todos, en particular las mujeres y las niñas; atención de salud; protección social para los desempleados, los ancianos y los discapacitados; desarrollo del niño en la primera infancia; clínicas maternoinfantiles en las que se enseñe a las madres sobre el cuidado de la salud y la crianza de sus hijos.
Cuarto, nuestro esquema describiría los servicios públicos y la infraestructura necesarios para las comunicaciones y el transporte: caminos rurales y principales. Políticas que promuevan condiciones de vida aceptables en las ciudades y zonas urbanas en expansión, de manera que los problemas puedan resolverse con urgencia, no en 25 años, cuando ya sean inmane-jables. Y junto a una estrategia urbana, un programa de desarrollo rural que ofrezca no sólo servicios agrícolas sino capacidad de comercialización, de financiamiento y de transferencia de conocimientos y experiencias.
Quinto, nuestro esquema establecería los objetivos pertinentes para garantizar la sostenibilidad ambiental y humana, tan fundamental para el éxito a largo plazo del desarrollo y el futuro de nuestro planeta: agua, energía y seguridad alimentaria, cuestio-nes que deben resolverse también a escala mundial. Además, debemos garantizar que se fomente y enriquezca la cultura de cada país, de modo que el desarrollo se construya sobre funda-mentos firmes basados en la historia de cada uno de ellos. Todo esto, por supuesto, en el marco de un plan macroeconómico propicio y eficaz y de unas relaciones comerciales abiertas.
No se trata de una lista completa. Evidentemente será diferente en cada país, dependiendo de la opinión de las autoridades, los órganos legislativos y la sociedad civil, pero creo que al menos recoge los elementos fundamentales.
Señor Presidente, tenemos que extraer enseñanzas de la experiencia. La forma en que se formulen y apliquen estos esquemas es tan importante como el contenido.
La identificación con los objetivos es importante. Los países y sus autoridades deben tomar la iniciativa, y, según nuestra experiencia, deben consultar y lograr la intervención de los interesados.
La participación es importante, no sólo como medio de mejorar la eficacia del desarrollo, como demuestran nuestros estudios recientes, sino también como clave de la sostenibilidad a largo plazo y para lograr un efecto multiplicador.
Debemos recordar en todo momento que son los países y su gente quienes tienen que decidir cuáles son sus prioridades. Debemos recordar en todo momento que no podemos ni debemos imponer el desarrollo por decreto desde arriba, o desde el exterior.
Señor Presidente, en nuestras deliberaciones en el Banco nos planteamos una serie de preguntas sencillas.
¿Qué ocurriría si las autoridades de gobierno se unieran a la sociedad civil y al sector privado para determinar las prioridades nacionales a largo plazo? ¿Qué ocurriría si luego se sumaran los donantes con su ayuda y, guiados por los países, la coordinaran, en un marco de participación local y de identificación con los objetivos por parte de la población? ¿Qué ocurriría si en esas estrategias se pensara en el futuro-de aquí a cinco, diez o veinte años-de manera que el desarrollo pudiera asentarse verdaderamente y avanzar, y su evolución pudiera vigilarse en forma continua? Algunos dirán que esto sería muy ambicioso. Una utopía. Pero, ¿qué me contestarían si les dijera que esto ya está sucediendo?
Hoy día en El Salvador existe una comisión nacional de paz, creada a raíz de la guerra civil, que junto con la sociedad civil, el sector privado y el gobierno, está elaborando una lista de priori-dades nacionales. Lo que se persigue es que esas prioridades puedan durar más que los gobiernos y formar parte de un consenso nacional para el futuro. Lo mismo está ocurriendo en Guatemala y se está estudiando en otras partes de América Latina.
El año pasado en Ghana, el gobierno organizó un foro económico nacional en Accra, en el cual participaron funcionarios responsables de la formulación de políticas, dirigentes civiles y un gran número de representantes de diversos ámbitos. De ese evento surgieron propuestas para llevar a cabo acciones concretas, metas para reducir la inflación, políticas sectoriales para la agricultura y el desarrollo de los recursos humanos, y objetivos en materia de política macroeconómica.
En Andhra Pradesh, estado de la India con 70 millones de habitantes, el gobernador ha elaborado un programa para el año 2020 con miras a aumentar la alfabetización y el acceso a los servicios de salud, mejorar las condiciones de vida, potenciar el papel de la mujer, desarrollar las zonas más atrasadas y crear redes de protección social. Se trata de un programa con objetivos claros que se pueden vigilar y verificar periódicamente.
El Salvador, Guatemala, Ghana, India, y podría haber agregado otros donde se observan algunos elementos de este enfoque: Brasil, Mozambique… Estos países no han vuelto al sistema de planificación centralizada. Son países que, conjuntamente con todas las partes interesadas, están trazando mapas para el futuro -su futuro- en una forma muy similar a como lo hacen las empresas exitosas.
Señor Presidente, la arrogancia no debería cegarnos hasta el punto de llevarnos a pensar que el Banco o la comunidad de donantes pueden ser los cartógrafos. Sin embargo, podemos cumplir una importante función catalizadora.
Lo que propongo es que en los próximos dos años, al colaborar con los gobiernos interesados, adoptemos una nueva perspectiva en la tarea de formular planteamientos integrados que conduzcan a una visión estratégica más clara. Querríamos encontrar dos países de cada región del mundo que estuvieran dispuestos a probar esta idea. Nosotros les informaremos a ustedes al cabo de ese período.
Debemos trabajar con la comunidad de donantes para determinar de qué manera, conjuntamente con los países participantes, podemos formular estrategias coordinadas, misiones y objetivos comunes, para poner fin a una duplicación de esfuerzos que supone un derroche de valiosos recursos y es fuente de frustración para todos, incluidos los clientes.
En nuestra institución debemos basarnos en la labor ya iniciada y pasar de un enfoque centrado en cada proyecto en particular a otro en el cual se considere la totalidad del esfuerzo que exige el desarrollo del país. Un enfoque más amplio que, con respecto a cada proyecto, permita deter-minar cómo encaja éste en el panorama general; cómo se puede aplicar a todo el país; cómo se puede extender a lo largo del tiempo -cinco, diez, veinte años- de modo que el país no sólo se identifique plenamente con sus objetivos y participe en él, sino que llegue a ser sostenible y a formar parte de la estrategia y la estructura del desarrollo general de esa sociedad.
En algunos casos iremos más allá de los planteamientos nacionales y adoptaremos estrategias regionales para aprovechar mejor las economías de escala. Debemos también formular estrategias de alcance planetario y velar por los bienes públicos que son patrimonio de toda la humanidad: no sólo la necesidad de reducir la contaminación ambiental, un tema sobre el que suele haber discusión, sino también la situación económica internacional, la inestabilidad que tanta preocupación causa hoy día, y los conocimientos, que cada vez más se consideran un factor fundamental para lograr el desarrollo.
Señor Presidente, estamos hablando de un nuevo enfoque de la colaboración para el desarrollo.
Una asociación de esfuerzos encabezada por los gobiernos y los órganos legislativos de los países, con participación de la sociedad civil y la colaboración del sector privado, tanto nacional como internacional, y de los donantes bilaterales y multilaterales. Una asociación de esfuerzos que pueda fijarse metas cuantificables, con pautas mucho más claras sobre la forma de lograr el desarrollo. Fundamentalmente, una asociación en la que nosotros, la comunidad de donantes, debemos aprender a cooperar unos con otros, debemos aprender a ser mejores compañeros de equipo, capaces de ceder.
Le aseguro, señor Presidente, que en el Grupo del Banco tenemos la firme determinación de trabajar en colaboración, de acabar con los recelos. Poco importa quién marca la pauta y quién la sigue; quién da nombre a un proyecto o quién queda en el anonimato. Lo esencial es que nos unamos para llevar a cabo la tarea.
Señor Presidente, en tiempos normales, a estas alturas de mi alocución yo presentaría un informe sobre los logros del Banco. Pero este no es un año normal. Le complacerá comprobar que no me referiré a nuestra renovación interna, ni señalaré nuestros logros ni los desafíos que aún tenemos por delante. Todos estos asuntos los analizo regularmente con los Directores Ejecutivos y estoy sumamente agradecido de sus consejos, su orientación y su ardua labor. También me siento muy alentado por el respaldo de los ministros a nuestro programa de renovación y a los avances que estamos consiguiendo en la búsqueda de una mayor eficacia en términos de desarrollo: seguiremos adelante con ese programa. No obstante, no parece apropiado hablar de temas domésticos cuando la aldea está en llamas.
Permítame decir sólo dos cosas. Primero, quiero aprovechar esta oportunidad para expresar mi agradecimiento a todo el personal del Grupo del Banco Mundial por su extraordinaria labor a lo largo de este año. Me siento sumamente orgulloso de ellos. No existe en el mundo un mejor equipo de colegas con tanta dedicación y motivación.
Segundo, deseo agradecer a Jannik Lindbaek, Vicepresidente Ejecutivo de la Corporación Financiera Internacional, y a Akiro Iida, Vicepresidente Ejecutivo del Organismo Multilateral de Garantía de Inversiones, por la labor que realizaron en los cinco últimos años. Es un gran placer para mí dar la bienvenida a Peter Woicke, quien en breve plazo asumirá la dirección de la Corporación, y a Motomichi Ikawa, nuevo responsable del Organismo Multilateral.
Conclusión
Señor Presidente, este año las crisis financieras han ocupado un lugar relevante en los titulares de las noticias. Este año nos preguntamos cómo podemos evitar crisis financieras en el futuro. Este año estamos prestando especial atención a la arquitectura financiera, a la reestructuración institucional y al establecimiento de redes de protección bien estructuradas en el contexto tanto de la prevención como de la resolución de las crisis. Este año estamos descubriendo que no tenemos todas las respuestas.
No nos detengamos en el análisis financiero. No nos detengamos en la arquitectura financiera. No nos detengamos en las reformas del sector financiero.
Ahora tenemos la oportunidad de entablar un debate global sobre la arquitectura -es cierto- pero también sobre los fundamentos del desarrollo. Ahora tenemos la oportunidad de demostrar que podemos adoptar una perspectiva más amplia y equilibrada. Ahora tenemos la oportunidad de reconocer que en el horizonte se vislumbra una crisis silenciosa.
Una crisis de la población mundial, que en los próximos 25 años habrá aumentado en más de 3.000 millones de personas. Una crisis mundial de abastecimiento de agua, que en el año 2025 provocará una situación de escasez crónica de ese elemento para 2.000 millones de personas. Una crisis de urbanización, que significará la triplicación de las poblaciones urbanas en los próximos 30 años. En el año 2020, dos tercios de la población de África vivirá en ciudades -ciudades sin el menor crecimiento económico en la actualidad. Una crisis de la seguridad alimentaria, lo que significa que en los próximos 30 años habrá que duplicar la producción de alimentos.
Una crisis humana, señor Presidente. Una crisis humana de la cual el mundo desarrollado no podrá desentenderse. Una crisis humana que no se resolverá a menos que ataquemos el problema fundamental de la interdependencia esencial del mundo desarrollado y los países en desarrollo. Una crisis humana que no se superará a menos que, juntos, comencemos a adoptar un enfoque integrado tanto del desarrollo como de nuestra respuesta a las crisis, tomando en cuenta los aspectos financieros, sociales, políticos, institucionales, ambientales y culturales de la sociedad.
Señor Presidente, los pobres no pueden esperar mientras deliberamos. Los pobres no pueden esperar mientras debatimos sobre la nueva arquitectura. Los pobres no pueden esperar a que descubramos -demasiado tarde- que esta crisis humana nos afecta a todos.
Los niños de las calles de Bangkok necesitan volver a la escuela. La madre de los tugurios de Calcuta necesita vivir después del parto. El padre de la aldea de Malí necesita ver el futuro.
Mientras los mercados se desploman y las cifras de la pobreza se disparan, todos los aquí reunidos tenemos una responsabilidad compartida y un interés común en promover la prosperidad en los mercados emergentes y en desarrollo. Mientras los mercados se desploman y las cifras de la pobreza se disparan, todos los aquí reunidos tenemos la responsabilidad común de adoptar políticas que puedan ayudar a esos países a salir de la crisis.
En definitiva, señor Presidente, juntos triunfamos y juntos sufrimos. Tenemos el deber, ante nuestros hijos, de reconocer ahora que el suyo es un mundo vinculado por las comunicaciones y el comercio, por los mercados, por las finanzas, por el medio ambiente y recursos compartidos, por aspiraciones comunes.
Si actuamos con realismo y visión, si demostramos valor, si pensamos con una perspectiva global y asignamos nuestros recursos conforme a ello, podemos ofrecer a nuestros niños un mundo más apacible y justo. Un mundo en el que se reduzca la pobreza y el sufrimiento. Un mundo en el que todos los niños puedan tener esperanza.
Esto no es sólo un sueño, es nuestra responsabilidad.