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Los
economistas clásicos identificaron tres fuentes y
componentes de la riqueza nacional: tierra, trabajo y capital.
Los economistas del siglo XX, en cambio, prefirieron centrarse
en el capital,
entendido únicamente como capital
físico , es decir, el conjunto de estructuras
y equipos utilizados en la producción. Así,
pues, los gastos destinados a aumentarlo eran los únicos
clasificados como inversión.
Los demás, como los destinados a educación
o protección ambiental, en general se consideraban
consumo y se trataban como deducciones de una acumulación
potencial de capital.
A
medida que la necesidad del desarrollo sostenible se iba
comprendiendo mejor, primero se intentó incorporar
la dimensión ambiental en las cuentas nacionales,
es decir, tomar en consideración los cambios producidos
en el capital
natural para efectuar los cálculos del producto
interno bruto y del producto
nacional bruto; más adelante, se elaboraron métodos
estadísticos para tomar en cuenta los cambios en
el capital
humano de un país. Si bien los métodos
de valoración del capital natural y del capital humano
todavía son imperfectos, permiten a los especialistas
analizar algunas cuestiones cruciales para el desarrollo,
como la modificación de la composición de
la riqueza nacional de un país y los indicadores
operativos del desarrollo sostenible (o no sostenible).
Según
varios estudios recientes del Banco Mundial, el capital
físico (capital real) no es el componente principal,
mucho menos el único, de la riqueza de un país.
Lo más importante para un país son los recursos
humanos, es decir, la "mano de obra en sentido estricto",
determinada fundamentalmente por el número de personas
que componen la fuerza
de trabajo y el capital humano (Gráfico
16.1). El capital natural es otro componente importante
de la riqueza de una nación.
El
nivel de desarrollo de un país determina las funciones
que cumplen los diferentes componentes de la riqueza nacional.
El predominio del capital humano es particularmente acentuado
en la mayoría de los países desarrollados,
donde el capital natural representa apenas entre el 2% y
el 5% del total de la riqueza. En cambio, en África
occidental, una de las regiones más pobres del mundo,
el capital natural todavía prevalece sobre el capital
físico, y la proporción de recursos humanos
es una de las más bajas del mundo, a pesar de su
elevado número de habitantes (véase el Gráfico
16.1). La comparación entre África occidental
y Europa occidental resulta especialmente pertinente, porque,
en las dos regiones, el valor per cápita del capital
natural es, en términos absolutos, aproximadamente
el mismo. Por ello, la marcada diferencia en la composición
de la riqueza nacional se puede atribuir por completo al
hecho de que el europeo occidental medio cuenta con 13 ó
14 veces más capital humano y físico.
En
los últimos diez años el concepto de desarrollo
sostenible se ha vuelto más amplio y mensurable.
En un estudio reciente del Banco Mundial el desarrollo sostenible
se definió como "el proceso de administración
de una cartera de activos para preservar y mejorar las oportunidades
de la gente". Los activos a los que se refiere esta definición
incluyen no sólo el capital físico tradicional
sino también el capital natural y el capital humano.
Para ser sostenible, el desarrollo debe contribuir a que
esos activos aumenten con el tiempo o, por lo menos, a que
no disminuyan. La misma lógica que rige la gestión
prudente de una economía nacional se aplica a la
administración prudente de los bienes personales.
De
acuerdo con esa definición, el principal indicador
de la sostenibilidad (o no sostenibilidad) del desarrollo
podría ser la "tasa de ahorro genuino" o la "tasa
de inversión genuina", un nuevo indicador estadístico
que están elaborando los especialistas del Banco
Mundial. Las mediciones corrientes de acumulación
de la riqueza no toman en cuenta el agotamiento y el deterioro
de los recursos
naturales, como los bosques y los yacimientos petrolíferos,
por un lado, y la inversión en uno de los activos
más valiosos de una nación —su gente—,
por el otro. La tasa de ahorro genuino (inversión
genuina) tiene por objeto corregir esta deficiencia mediante
el ajuste de la tasa de ahorro tradicional deduciendo el
valor estimado del agotamiento de los recursos naturales
y los daños provocados por la contaminación
(la pérdida del capital natural) y añadiendo
el aumento del valor del capital humano (derivado, principalmente,
de la inversión en educación y servicios básicos
de atención de la salud) (véase el Gráfico
16.2).
El
cálculo de las tasas de ahorro genuino de los distintos
países es extremadamente complicado, en especial
debido a las dificultades que supone valuar el capital humano.
Pero el esfuerzo vale la pena, por la importancia potencial
de los indicadores del desarrollo sostenible a fin de brindar
orientación e información para la elaboración
de políticas prácticas.
Los
análisis del Banco Mundial ya han demostrado que
muchos de los países que más dependen de los
recursos naturales tienen tasas de ahorro bajas o negativas.
Si no se toman medidas firmes para invertirla, esa tendencia
redundará, a la larga, en perjuicio del bienestar
de la población. Las dos únicas regiones "seguras"
del mundo en desarrollo parecen ser Asia meridional y Asia
oriental y el Pacífico, donde las tasas de ahorro
genuino fueron positivas en 1970-93 y, en algunos casos,
llegaron al 15% del PNB (Gráfico
16.3). En los países desarrollados dichas tasas
fueron cercanas al 10% durante gran parte de ese período.
Sería
completamente erróneo llegar a la conclusión,
a partir de este análisis, de que los países
deberían optar por dejar de lado el desarrollo para
no agotar sus recursos naturales. Sin embargo, unas tasas
de ahorro genuino bajas o negativas indican que una parte
considerable de los recursos
naturales no renovables se ha utilizado de manera irracional,
en perjuicio del bienestar futuro de la población.
Los ingresos derivados de esos recursos naturales sencillamente
se consumieron, en lugar de invertírselos en los
otros componentes de la riqueza nacional: el capital físico
y el capital humano. Este tipo de inversión puede
dar un fuerte impulso al desarrollo sostenible de un país.
A juzgar por los datos del Gráfico
16.3, la mayoría de los países de Oriente
Medio y Norte de África no realizaron esas inversiones
en los años setenta y ochenta, cuando podrían
haber utilizado los ingresos imprevistos derivados del petróleo
para mejorar considerablemente su potencial económico
a largo plazo. Una conducta semejante no permite un desarrollo
sostenible y debería preocupar a los responsables
de la política económica.
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